martes, 3 de abril de 2012

De Salir


Apuesto lo poco que carezco a que no entendiste de qué va todo. Es normal, no tienes que bajar la cabeza como si intentaras convencerme de que te importa un circunflejo el asunto. Quizá hayamos bebido de más y sea esa la causa de mi necesidad imperiosa de explicar como aquel personaje de Cortázar en "El perseguidor" algo que "ya toqué mañana". También sería hipótesis conclusa explicando el porqué simplemente no puedes entenderme. Mira, lo que te estoy tratando de probar es que una ciudad, esta ciudad, La Ciudad al menos y la Isla en Peso que trae atada, se enquistan en el ejercicio consciente de existir.

Suena profundo, lo es, inmodestia mediante. He bebido lo suficiente como para ganar aplomo y margen de maniobra por si debo negarlo todo al amanecer. También y más todavía es visceral e instintivo. ¿Ahora te enteras de que te hablo con las tripas?

De cualquier manera, de ello se desprenden dos cosas:

1. Puedes dejar la Ciudad, pero no puedes lograr que la Ciudad te abandone, no en los huesos, no en la piel ni en las ganas. Cosa sabida, todos tenemos historias, email, tweets, fotos de relojes que sincronizan Estocolmo con la calle que nos aposenta. Proverbial pan comido para estadísticas que no caben en este sitio y que obran de gentil argumento. La gente parte a las antípodas con La Habana a cuestas, y no desmontará ella sin previo aviso ni manifestación explícita. No hay abdicación posible. Muy por el contrario, el tiempo o la distancia le facilitarán la entrada como mal virus. Se hará parte de nuestros genes, de lo que trasmitimos a los Siguientes, de lo que contamos a las paredes involucradas.

2. Hay una Habana de Recursos Imprescindibles, con bouncer en la entrada y cover a cada paso, sin consumo incluido, de esa ya te dije que poco o nada te puedo mostrar, pero los placeres más intensos, los vicios más poderosos, los mínimos deseos que se vuelven ensordecedores en el cuerpo afiebrado muy a menudo no tienen precio, ni costo visible.

Pásame el costal y el pirata rojo, nunca mejor vehículo para el entendimiento. Te pago con almendras y adoquines de mi calle de tiempos épicos, los lugares, el olor, la humedad, las voces, la música, la rápida mirada atrás ante la silueta imponente y mágica. En donde estés, si alguna de las dos circunstancias arriba signadas te toca, abrazarás la lente sediento.