jueves, 8 de marzo de 2012

AlaHabana

A la Habana a pie, A la Habana en armas, A la Habanazul, A la Habanarama, A la Habanazol, A la Habanar... en suma. Destino, piel, credo, gema, obsesión y pago por los sueños.

Descifro mis propios pasos de hoplita vagabundo entre muros, trato de entender esta necesidad de los dedos que se niegan a detenerse. En algún lado un discípulo de Coyula estimaba necesario acotar lo que intuimos todos. Esta Ciudad, más que ninguna antes, es un sentimiento que apenas puede ser contenido por paredes.

Vivir, ser parte, atarse y desgarrarse de cuajo estas suelos para echar a volar. La Habana que llevamos dentro, deja de ser una posibilidad para convertirse en aire para atribulados pulmones. Yo, por lo pronto, elijo esta manera de respirar.

La calle 23 es, o pretende ser. Lo digo porque asfalto y concreto despejados, lo demás lo pone el mito, la subjetividad del cúmulo de individuos congregados hasta conformar el corazón latiente de la Ciudad. Son ellos mismos la sustancia y por tanto la otra mitad del concepto. Asfalto, concreto y hombre.

Tomo la acera de la izquierda hasta G. El Bar no es propicio y aun me queda un centavo en la bolsa, corro los riesgos de darle un susto al cuerpo acostumbrado al maltrato. Bajo por la Avenida de los Presidentes hasta 17. Punto G, dice el cartel.

Pido una cerveza tan solo para que el Bucanero metálico me dedique sonrisa petrificada desde la superficie de la pintura esmalte. Lo siento señor, debo escribir y necesito musa, aunque esta venga enlatada en aluminio.

Si debo escribir, pienso mientras le pego un sorbo a la copa de cristal, el más urgente deberá ser el todos, luego la circunstancia y solo finalmente el yo que, convendremos, es el menos interesante de los tres.

AlaHabana es el tránsito de un insurgente a medio emplear, bolsillos raídos y “un recuerdo que me dobla la vida”, con el lápiz por defecto, arma secreta y toda posesión, obsesionado con la idea de que algo vive bajo la piel de las calles...algo que dejar salir por arañazos y baches y otras rendijas.

Si decides venir, y en este punto empujo la copa llena de espuma y Rubia por encima de la mesa de tablas hasta tu vera, si decides venir, te digo, no habrá lujos ni transportación, vendrás a riesgo y con tus recursos a que yo te nombre una Habana que en mucho no podremos pagarnos ninguno de los dos, pero que también por inaccesible, es amada en secreto por quien se precia de vivirla.

Levantas la copa...

Déja algo, cabrón...