
“Los desesperados languidecen anhelando la tormenta, la embriaguez y las heridas” Arthur Rimbaud, "Juventud"
No hay conspiración ni hay concierto entre las luces. Mira, a menudo uno se imagina que aparecer de este lado del extemo agudo de una lente es un poco jugar al Dios mínimo que llevamos dentro. Dejarle salir, explicar sus razones, materializarse en la danza de poses fijas. Sin embargo esa idea implica cierta intencionalidad, cierta elaboración, una creencia consensuada que defiende la existencia de un plan. De un plan no, de un Plan. No es el caso, te aseguro... Si fuera Dios alguno estaría ebrio, loco o ciego, armando el universo a retazos de conciencia, fogonazos de inspiración épica y, más aun y bien, raptos de insana lucidez. Quizá no es eso precisamente lo que quiero decir, sospecho que construyo toda esta antesala rimbombante tan solo para retardar un poco el momento en el que comprendas que me voy a desnudar, que me voy a desnudar y como lo voy a hacer. Anticipación erógena si quieres, truco de cortesana avezada con el que enciendo la lujuria de tus dedos: Sí, puedes creerlo, esto que está acá es simple e infinitamente, el cuerpo desnudo de los días que cargo. La sonrisa complaciente ante tu moneda. Este que te cuento soy yo y mil otros mismo, siempre, yo y mis adversarios, yo y mi antónimo, yo y mis circunstancias (el viejo Gasset, asomando la oreja peluda). Mi utopía de piernas abierta no escatima candiles para tus ojos privilegiados. Siéntese ud...¿desea beber algo? Acomódese para el festín. La Habana, 10 de noviembre de 2010