
Ok, me rindo, punto final.
Demostrada la afirmación compartida de que Temperamento es la mejor banda de Jazz en activo en este país. No hay nada más que decir, cerrado el capítulo y hablemos de otra cosa...que, a fin de cuentas, los que fuimos al concierto del sábado en la noche en el Amadeo fuimos privilegiados testigos del ejercicio del genio magnificado, abrumador. Fuimos humillados con cada nota, demostrada nuestra mediocridad incluso como espectadores incapaces de asimilar toda la riqueza que el talento de estos músicos ponía ante nuestros atónitos dedos.
¿Detalles? No vale la pena... ¿no te estoy diciendo que ni siquiera estando ahí pudimos darnos cuenta de todo lo sucedido?
Para empezar, el sabor de un encuentro como este se siente mucho antes de que se llenen los asientos y se atenúen las luces. Afuera del teatro merodeaban los reencuentros, a fin de cuentas el público del jazz no es desconocido, sino hacienda de sueños, compartidos entre algunos que, sin ser pocos, se conocen como los habitantes de la más recóndita aldea.
Besos, sonrisas, intercambios de teléfonos, comentarios. Todos parecían compartir un secreto en común que los transformaba en la misma masa codificada.
Adentro la temperatura atenuada “para protegerle la voz al artista”, como es costumbre, no alcanzaba a mitigar los rigores de un verano esbozado en la meteorología pero instaurado de facto en el alma.
Roberto comenzó con un puñado de temas conocidos y no tanto. Los solos se sucedían con intensidad, ejercicio manifiesto del dominio. Para empezar Zalva, conmutando entre 5 instrumentos, como si nada. ¿Has oído hablar de un hombre que toca 3 tipos de saxofones, clarinete y flauta? Es una pregunta retórica.
En un momento determinado acopló a Guayo y su percusión y set de efectos sonoros. Como todos los conciertos de Temperamento, Roberto disfrutó a plenitud de su inveterada costumbre de interactuar con el público, así ante la entrada del cajón y al presentar el número, comentó que estaba dedicado "al país de Bulgaria" interrogando a la asistencia si había "alguien de Bulgaria por ahí".
Hasta ahí era un concierto normal, es decir, un concierto normal de Temperamento, lo cual equivale a decir que era magnífico, pero este adjetivo no fue suficiente luego de que J.L. Chicoy tomara la guitarra eléctrica.
Con el jazz pasa algo (estuvimos comentándolo en la sobremesa) el melómano no se siente exaltado por las notas sino todo lo contrario. Escuchar jazz, sentir como te corre por las venas te lleva en muchos casos a un letargo similar a un trance hipnótico, en el cual todas las imágenes pueden desaparecer y las notas toman la batuta de tu cuerpo, eres todo oído, literalmente.
Algo de eso me sucede personalmente, he tratado de explicarlo, comparándolo con los sueños de opio que describe Conan Doyle o Poe, pero no es lo mismo, cuando entras en Trance con el jazz, tienes percepción de tu entorno, pero simplemente carece de importancia, solo la música importa.
En esos dos temas con Chicoy experimenté personalmente la cúspide de mi trance personal y aquellos que me acompañaban en el concierto (algunos de los cuales era "vírgenes" o sea, que venían a un concierto por primera vez) admitieron experiencias similares.
Rober mismo entró en trance un par de números después acompañando piano y voz en un lamento, luces bajas, y la mano derecha al cielo, pero bueno, Rober toca con una mano como otros solo pueden aspirar a hacerlo con dos.
Luego se levantó lentamente y dirigiéndose al público dijo: "ahora, antes de terminar, Ramsés (baterista) les va a explicar dos o tres cosas ahí". Acto seguido Roberto y Zalva dejaron la escena, las luces se detuvieron y amainaron y solo una enfocó directamente a Ramses, que comenzó CON LAS MANOS DESNUDAS a hacer un solo de batería que detuvo el río del universo. por 6 minutos. Durante ese tiempo y casi sin notarlo seguimos la evolución de sus dedos sobre los parches, sin aliento, hipnotizados, dormidos acunados por un sueño de tambores.
Luego lentamente y sin dejar de tocar, las luces subieron, los otros músicos regresaron y Ramses aferró las baquetas una vez más para, sin perder el ritmo, emprender el último tema de la noche...
O eso creímos nosotros, que, tras la salida de los músicos, saludos y fotos, nos negamos a irnos a ritmos de "otra, otra".
Roberto salió, seguido de la banda...
"Ok, que quieren que toque..."
Los gritos se solapaban: "Zamazú" afirmaron a mi izquierda, arriba, a la derecha...
Una voz de mujer, imaginada en las gradas altas, gritó "Congo Árabe" moción que secundé a todo pulmón, y bueno, lo siento, es, en definitiva, mi tema preferido...
"70" "¿quién dijo que era fácil" "pa que no hables" "El Niejo" todos fueron propuestos...
"Eso mismo digo yo" soltó Zalva "¿quién dijo que era fácil?"
Roberto le puso coto al asunto llamando la atención sobre un tema de fondo: "Espérense un momento, porque está Zamazu y Zamazamazu, cual de las dos..."
Con una mano ensayó los primeros compases de "Zamazamazú" en el piano, el público se animó "esa, esa".
Tocó 3 canciones más "Congo Árabe" (qué para mi leve decepción fue menos intensa y más corta que la versión que aparece en el disco), "El Niejo" (en la que cantamos a coro como si de David Calzado se tratara) y, finalmente su clásico siempre repetido y pedido: "70"...
A estas alturas llevo ya varios días intentando exorcizarme de estas melodías, cada vez que me distraigo resulto invadido por las notas y me sorprendo tarareando...espero que esta terapia de resultados. Tampoco me ayuda el que no deje de escuchar sus discos...