Por este medio pongo en vuestro conocimiento información relativa a una serie de eventos de los que fui infortunado y casual testigo.
El 6 de septiembre del presente, a las 23:15 h, encontrábame yo a la espera de un ómnibus en la parada cita en calle Línea entre A y B.
A tales horas y a pesar de ser el día sábado, el lugar estaba totalmente desierto, encontrándome con la única compañía de una adolescente extravagantemente vestida, al menos para mis cánones, la cual arribó con diferencia de minutos después de mí, proveniente del lado de la calle G.
No intercambiamos miradas o comentarios previsibles , no me inquirió por la hora o por la posibilidad de haber perdido algún bus. Quizá fueran barreras generacionales o subculturales las que nos impulsaron a fingir que el otro no estaba ahí. Quizá fuera ese el comportamiento de rigor.
Estaba oscuro y no lo vimos llegar, quizá se materializó desde la sombra misma. Era un traje andrajoso y una barba arremolinada, eran los ojos de Lezama bajo la sombra incierta. Eso era...
El Mendigo, supongo que lo fuera, extendió el puño cerrado ante los ojos de la joven y antes de que alguno pudiera acertar la solidez de una moneda, dio a la luz un mendrugo de pan sobre la palma de su mano.
“Para resistir Iluminada- afirmó- debe reconstruir la Esperanza desde la Desesperación: como un deber (es un deber) como un juicio.
Debe hacer oficio y fe de la Esperanza como necesidad fisiológica y motor de vida en suma. Solo la sistematicidad salva...
De otra manera no es posible resistir, no es posible, la vida es demasiado sórdida, demasiado banal, demasiado...
La confianza en lo imprevisible es un analgésico y, por tanto, clínicamente útil.
La respuesta ante los círculos cerrados y los callejones sin salida es siempre reinventarnos, cualidad, la de Proteo, que solo te será otorgada a cambio de la misma Esperanza, que es, también, la propiedad que tienen determinadas manifestaciones de la sustancia, de atrapar la luz de los Sueños”.
Los faros del autobús que llegaba acertaron la penumbra.
Un gesto de prestidigitador y carterista deslizó el Mendrugo en el sorprendido bolsillo de la mujer. El Mendigo huyó doblando B arriba en dirección a la nada.
El Bus también huyó sin que decidiera tomarlo.
La muchacha hurgó en el bolsillo por unos segundos dejando entrever la posibilidad del mendrugo en su puño cerrado.
Miró a ambos lados, nunca a mí y cruzó la avenida. Tomó Abajo hasta el mar, mientras yo seguí hipnotizado el péndulo de su brazo derecho.
En el Malecón, sin que mediara la apropiada advertencia que me hubiera permitido impedir a tiempo el acto, lanzó el pan en su palma a la espuma incierta con un gesto amplio como el que usamos para aventar granadas o rosas.
Hago constar todo lo anterior a la espera de que sean adoptadas las medidas pertinentes al efecto, teniendo en cuenta la gravedad de estos eventos. Como bien sabe, la Esperanza es altamente contagiosa y el agua un vehículo propicio.
El 6 de septiembre del presente, a las 23:15 h, encontrábame yo a la espera de un ómnibus en la parada cita en calle Línea entre A y B.
A tales horas y a pesar de ser el día sábado, el lugar estaba totalmente desierto, encontrándome con la única compañía de una adolescente extravagantemente vestida, al menos para mis cánones, la cual arribó con diferencia de minutos después de mí, proveniente del lado de la calle G.
No intercambiamos miradas o comentarios previsibles , no me inquirió por la hora o por la posibilidad de haber perdido algún bus. Quizá fueran barreras generacionales o subculturales las que nos impulsaron a fingir que el otro no estaba ahí. Quizá fuera ese el comportamiento de rigor.
Estaba oscuro y no lo vimos llegar, quizá se materializó desde la sombra misma. Era un traje andrajoso y una barba arremolinada, eran los ojos de Lezama bajo la sombra incierta. Eso era...
El Mendigo, supongo que lo fuera, extendió el puño cerrado ante los ojos de la joven y antes de que alguno pudiera acertar la solidez de una moneda, dio a la luz un mendrugo de pan sobre la palma de su mano.
“Para resistir Iluminada- afirmó- debe reconstruir la Esperanza desde la Desesperación: como un deber (es un deber) como un juicio.
Debe hacer oficio y fe de la Esperanza como necesidad fisiológica y motor de vida en suma. Solo la sistematicidad salva...
De otra manera no es posible resistir, no es posible, la vida es demasiado sórdida, demasiado banal, demasiado...
La confianza en lo imprevisible es un analgésico y, por tanto, clínicamente útil.
La respuesta ante los círculos cerrados y los callejones sin salida es siempre reinventarnos, cualidad, la de Proteo, que solo te será otorgada a cambio de la misma Esperanza, que es, también, la propiedad que tienen determinadas manifestaciones de la sustancia, de atrapar la luz de los Sueños”.
Los faros del autobús que llegaba acertaron la penumbra.
Un gesto de prestidigitador y carterista deslizó el Mendrugo en el sorprendido bolsillo de la mujer. El Mendigo huyó doblando B arriba en dirección a la nada.
El Bus también huyó sin que decidiera tomarlo.
La muchacha hurgó en el bolsillo por unos segundos dejando entrever la posibilidad del mendrugo en su puño cerrado.
Miró a ambos lados, nunca a mí y cruzó la avenida. Tomó Abajo hasta el mar, mientras yo seguí hipnotizado el péndulo de su brazo derecho.
En el Malecón, sin que mediara la apropiada advertencia que me hubiera permitido impedir a tiempo el acto, lanzó el pan en su palma a la espuma incierta con un gesto amplio como el que usamos para aventar granadas o rosas.
Hago constar todo lo anterior a la espera de que sean adoptadas las medidas pertinentes al efecto, teniendo en cuenta la gravedad de estos eventos. Como bien sabe, la Esperanza es altamente contagiosa y el agua un vehículo propicio.