miércoles, 12 de marzo de 2008

Las Ruinas


A diferencia de otros rincones, portales a incognitas dimensiones disfrazados de ordinario, el Morro es solo eso, un Morro.

Consultada la bibliografía existente al respecto, determinamos que existen diversas explicaciones al fenómeno del Morro. De acuerdo con la más aceptada, los españoles lo construyeron hace siglos, calculando, de manera premonitoria, que la Feria del Libro no cabría adecuadamente en Pabexpo.

Algunas fuentes históricas, sin embargo, niegan esta explicación , apoyando la teoría de que los españoles se habrían tomado el trabajo de acumular este impresionante montón de rocas y de disponerlo de manera tan artística con el solo objetivo de fortificar el acceso al puerto de la Habana.

Esta irracional hipótesis, por supuesto, es rechazada de plano por la mayoría de la comunidad científica, que esgrime en contra de ella el argumento de que de ser, en efecto, una construcción defensiva, la flota británica en 1762 no se la hubiera cargado y seguido con su asunto con tanta facilidad.

En la última congregación de académicos alguien sugirió la naturaleza castrense de los cañones que asoman en todos los rincones, pero el argumento fue desestimado inmediatamente ante el incontestable razonamiento de que "el Prado tiene leones y a nadie se le ocurre decir que es la jungla".

Como sea, la realidad documentada es que el Morro no cupo en los barcos en los que España evacuó su ejercito colonial en 1898, y que la retirada fue lo suficienemente precipitada como para no dar tiempo a desmontarlo y embalarlo apropiadamente, así que simplemente lo dejaron ahí, encaramado en su peñon.

Con el tiempo los cubanos le encontramos nuevos usos al viejo carcamal, inaugurando así una tradición nacional que se extiende hasta nuestros días y que ha sido seguida por las bolsas de yogurt transformadas en envolturas para meriendas escolares y las paletas de helado que se convirtieron en pistolas de juguete.