Desesperado huí por los pasillos intentando escabullirme hasta mi refugio, sintiendo sus pasos reptar detrás de mí.
Cerré la puerta apoyando el cuerpo en barricada inútil. Corrí cerrojos y activé alarmas rústicas. Empujé contra la entrada a la vieja máquina de coser, a la cama y su colchón, a los libros todos, a la decrépita máquina de escribir Underwood, a los lapiceros y a los tapices medievales dibujados por mi sobrina, a un clavel marchito y a la caja de ajedrez, al televisor panda (con al menos 2 programas de entrevistas, una serie de moda y un juego de baseball aun rodando adentro). Arrimé a esta improvisada estacada, incluso a los más temidos y sinceros espejos…¿Cuánto vale la Verdad ante el Miedo?
Cubrí las rendijas con toallas de papel, pañuelos almidonados y tiras de antihistamínicos.
Aun así, la temida Primavera que llegaba, continuó filtrándose a borbotones…