Los Insectos abrevaban en las márgenes de una de las tibias bombillas eléctricas del Autobús de Todos los Regresos. A largos tragos sorbían la luminiscencia con sus mil bocas microscópicas mientras discutían a grito pelado, con los gestos sordos de sus alas de acrílico.
Para los Insectos, y para aquellos que, como yo, descifrábamos hipnotizados sus signos, la señal era clara: la hora de