La Ciudad es una puta gozosa, de costas abiertas siempre ansiando ser deseada, penetrada, poseída por una turba lujuriosa de Olas y Hombres; para gozarse perdida bajo el torso desnudo del Mar y preñarse de edificios mestizos y plazas bastardas y de toda esta Babel de gemidos hirvientes.
Temida era la Ciudad en sus deleites y temido era el Mar que la cabalgaba, y es así que los cautos diseñaron el Muro, como un inmenso cinturón de castidad en la loca cintura de esta Diosa.
Pero la Ciudad Verdadera, ardiendo en la Noche, eyacula sueños en cada rincón y nos conduce al Muro, ahora invadido de nuestros festejos y para siempre abandonado por su propósito primigenio, como un fusil poblado de flores.